Un
Café antes de salir
¿Sería preciso
iniciar así?
No, sí, tal vez,
quizá, nunca fui buena para iniciar por la timidez que me abarca toda la cara y
el rostro se empapa de tono, mi nombre, empecemos por mi nombre. Una noche de
asedio monstruoso de imágenes torcidas, de saber nombrar lo que no tiene ni
voz, ni sangre-mi sangre- encontremos un “sobrenombre” para llamarle cuando la
necesitemos, una marca linda, para que al invocarla no suene su engatillado
palpitar, esa mucosa, adherida al moho de la cortina, la que perforada estaba
por su fusil. Empecemos por mi nombre.
-¿Tendría que colocar candado a
la puerta?
-No, déjela así, la noche esta
callada ¡Hoy no huele a miedo!
Candado
encadenado a la prisión suntuosa de una libertad llamada por mi nombre ¿Mi nombre?
Puedo llegar a recordar quizá el apagado grito, un vibrar tácito, una cosa
minúscula y sin fuerza, un sonido feroz del viento pasar por mi odio, casi
abrupto y absurdo que dejo al lado de mi ser matizado por la angustia un
trayecto tan trémulo y sombrío, esa estela singular del viento corrompido y
vuelto forma ¿La forma del viento? esa se desvanecía entre un humo colorido,
sin grises, un murmullo alejado de su boca, esa mímica tan forzado, por
intentar gritar, gritar para salvarme y para huir, esa incapacidad de producir
esa melodiosa y celestial frase, mi nombre -mi nombre es pólvora- esa que se
estrellaba y rompía cada cosa al impactar, contra el cartón y el techo esos que
se desvanecían y caían y se repelían tan lejos de mí, esas ondas sonoras que
nunca llegaban, nunca supe como sabían esas palabras, nunca supe cómo llamarme
al verme hay, reflejada en ese charquito tibio ondulado por mi pie, no sabía,
no sabía cuál era mi olor. No podría reconocer esa esencia, pues se dispersaba
por mis fosas colmando todos mis vacios, eran tantos y tan variados, pero
conocidos, sabía cuál era cada uno, cada cual con su cada quien, ese olor, esas
noches ¿Noches o noche?
-Siéntese hay, pero sin
lastimarse.
- …………………….!
-¿¡Niña, no me oyó!? Que se
siente. Usted está muy mal.
Sentir el latir
peludo y suave del lóbulo de mi oreja derecha o izquierda, mis direcciones y
ritmos se alteran -Volver a oír- Si pudiese de nuevo escuchar la voces que
respiran hasta en los objetos ya sin vida o que nunca la tuvieron, y los silbidos
de noche de luna menguante de estrellas fervientes y de mares dulces, si por un
instante menos precavido como lo son los que pasan ahora, tan alertas, pudiera
divagar en el compás del silbido a tono con la guitarra y las cucharas que
tronaban y se expandían en la noche desnuda como si fuera ella quien entonara
este singular y tímido brillo, tendría la capacidad de quitarme esta humedad
tan incómoda y superficial, podría despellejar las viciosas remembranzas de un
ayer feliz y vislumbrar en mi cara la brisa tibia de aquel barranco en el que
me gustaba jugar.
No entendía mi suplica,
pensaba que la decía mal que no tenía sentido y no pasaba por esa razón, sabía
que si lo hacía mal pecaba, seguro era eso, sería casi desquiciado pedirle a él
que bajara por un segundo y arreglara la situación ¡Pero si yo ya estoy abajo! tirado en el suelo escuchando y aprendiendo
cada disparo, consumiendo del día a día el cobre oxidado de sus toneles
tuertos, que solo suministran a ellos la condenada vida para quitarla a su gusto; si yo estoy acá abajo tratando de
mentirle al cuerpo con sueños y cantos alegres, para no memorizar el transcurso sucio y nervioso,
para no verme arrastrándome y avanzando, tirado, alternando sus ondas y grabándolas todas, cada
zarpazo, cada tronar, cada muerte ¡Que yo ya estoy acá abajo! Acá bajo casi a 2
metros de profundidad, escondiéndome para no ver mas como la luz tan tierna de
esos ojos se desaparecía, acá enterrado para no volver a salir nunca jamás de
esta pesadilla y dormir siempre, dormir cómodo para no aguantar mas. Si tan
solo pudiera volver a ver mis majestuosos paisajes que ahora en llamas y ruinas
están, y levantarme del fangoso suelo para poder alzar la vista y respirar el
aire puro de mis laderas u trochas sucias, con olor a país perdido entre
nieblas y guaduas, ese cálido y delicioso lodo para hacer casitas y muñecas, el
que encontraba tirado donde quería, mi riqueza con marcas de botas pantaneras
dejadas por mis hijos y por los tuyos, si pudiera volver a ver esa marca sin
sentir ganas de llorar y recordar la cara trágica de mi madre que nunca pudo
decirme mi nombre, no era por envidia u odio que no lo hacía, ni porque no me
quisiera o me ignorara … POR QUE LA SOFOCANTE FUERZA DE LAS EXTREMIDADES TIESAS DEL SUJETO CON BARBA Y CARA DE NO HACERLO NO LA DEJABAN… no la dejaban respirar , no la dejaban, ni
moverse o llorar, no la dejaba sufrir, y yo hay intentando gritar pero mi voz
se extinguía y solo escuchaba el musitar desnudo de la boca circular y alargada
que lo acompañaba con vestido negro, esbelto y largo, solo oía a esas damas
gritar y festejar de una manera abrupta la victoria del volver a bailar entre
los matorrales que hoy han perdido su color verdoso y solo brillan esta noche
de un rojo ya carmesí. Mis juguetes de palo que tanto cuidada solo eran punto
fijo de estallar y resistir, solo eran más que nada en medio del todo, no eran
más que caos en medio de esa felicidad mortecina y estrecha que veía pasar por
los brillantes ojos de los tipos que asediaban mi alma. Manjar del mejor
calibre y vino del dominante cobre, sabor de dioses, sabor a guerra.
-¿Y su mamá como se llama?
¿Puede recordar? ¿O con quien viene? Niña…
Ahora que lo
pienso solo puedo dibujar en mi torpe cabeza, la silueta friolenta de mi madre
en el suelo manchada de roja tinta, ni su cara ni los besos de la mañana
sabor a maíz y a queso, no recuerdo sus
manos labrando la tierra de perfume a rancho, el olor de sus ropas que sabia a
leña se ha esfumado de mi saliva y de mi nervio olfativo, su piel árida como la
del patio donde me recostada en las mañanas a ver el sol salir por la curvas
espumosas del cuadro intervenido diariamente al frente mío, y sus cantos
desafinados de tertulias y llantos, no puedo, cada vez lloro mas al intentarlo;
no recuerdo ya su rostro; al verla desfigurada por la mordida rabiosa y
babienta del perro del gobierno, no pude creer en mi patria de héroes y flores,
no pude saborear la valiosa y exquisita oferta de vivir en mi país tan rico… el más rico siendo pobre; el más valioso,
rechazado; el más amado en menosprecio [1]… No pude recordar en mi privado y torpe cerebro,
el nombre de ella, ni el mío. Su nombre empezaba por azucena y terminaba en
tumba y lapida de mármol, mi nombre empezaba por llanto y terminaba en olvido,
si hubiera podido esa misma noche acariciarle los copos de nieve en su cabeza y
beberlos sin miedo, hubiera contenido en mi las letras garabateadas que hacía
en los cuadernito de paja, los que
guardaba en la alacena al escribir una y otra vez para no dejarlos sueltos en
las sombras, si hubiera tenido la oportunidad de ver la nieve besando mis
labios ver sus ojos arrugados; quizá podría tener en un momento todo claro y
volver a consentir su ya empolvados cabellos y evocar las historias tan cómicas
y aterradoras que contaba al trenzar mi pelo, nunca aprendí a hacer trenzas
ella quedo de enseñarme, pero sus manos no decían nada ni con fuerza ni con
ganas pronunciaban sus dedos nada, como todo a partir de ese entonces me fue
puesto en bandeja de mierda. Deje de preguntar ya me saco la piedra.
-¿Y entonces niña? ¿Dígame que
hago si usted no dice nada? … Oiga al menos mireme ¿Tiene frío, quiere un
tinto?
El olor del
tacto tibio que se escurría entre mis dedos, como la arena roja que salía de mi
madre, esa arena que atraganto mi delgado cuello y no me deja hablar, porque las venas se hinchan al sentir de cerca el tibio taco del olor a café dulce en la
mañanas antes de ir a la escuela, y los vidrios que quedan de la porcelanas
finas se adhieren a la carne y no solo rasgan mi voz, mi alma se estremece toda
y veo llover en mi interior, llover balas de algodón que impactan contra mis pulmones y no me
dejan tomar café, no me dejan saborear ni mierda, porque el sabor se me fue con
la legua de los zapatos que esos malnacidos me quemaron, pa ellos quitarse el
frío. Sabe ¡No tengo frío! No me dé a
beber los restos del suelo de mi madre, no me fuerce a tomar el color de su
pelo.
-¡ NO gracias ¡ No me apetece el
sabor a sangre.
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