sábado, 23 de mayo de 2015

Un Café antes de salir

Un Café antes de salir

¿Sería preciso iniciar así?

No, sí, tal vez, quizá, nunca fui buena para iniciar por la timidez que me abarca toda la cara y el rostro se empapa de tono, mi nombre, empecemos por mi nombre. Una noche de asedio monstruoso de imágenes torcidas, de saber nombrar lo que no tiene ni voz, ni sangre-mi sangre- encontremos un “sobrenombre” para llamarle cuando la necesitemos, una marca linda, para que al invocarla no suene su engatillado palpitar, esa mucosa, adherida al moho de la cortina, la que perforada estaba por su fusil. Empecemos por mi nombre. 

-¿Tendría que colocar candado a la puerta?
-No, déjela así, la noche esta callada ¡Hoy no huele a miedo!              

Candado encadenado a la prisión suntuosa de una libertad llamada por mi nombre ¿Mi nombre? Puedo llegar a recordar quizá el apagado grito, un vibrar tácito, una cosa minúscula y sin fuerza, un sonido feroz del viento pasar por mi odio, casi abrupto y absurdo que dejo al lado de mi ser matizado por la angustia un trayecto tan trémulo y sombrío, esa estela singular del viento corrompido y vuelto forma ¿La forma del viento? esa se desvanecía entre un humo colorido, sin grises, un murmullo alejado de su boca, esa mímica tan forzado, por intentar gritar, gritar para salvarme y para huir, esa incapacidad de producir esa melodiosa y celestial frase, mi nombre -mi nombre es pólvora- esa que se estrellaba y rompía cada cosa al impactar, contra el cartón y el techo esos que se desvanecían y caían y se repelían tan lejos de mí, esas ondas sonoras que nunca llegaban, nunca supe como sabían esas palabras, nunca supe cómo llamarme al verme hay, reflejada en ese charquito tibio ondulado por mi pie, no sabía, no sabía cuál era mi olor. No podría reconocer esa esencia, pues se dispersaba por mis fosas colmando todos mis vacios, eran tantos y tan variados, pero conocidos, sabía cuál era cada uno, cada cual con su cada quien, ese olor, esas noches ¿Noches o noche? 

-Siéntese hay, pero sin lastimarse.
- …………………….!
-¿¡Niña, no me oyó!? Que se siente. Usted está muy mal.  

Sentir el latir peludo y suave del lóbulo de mi oreja derecha o izquierda, mis direcciones y ritmos se alteran -Volver a oír- Si pudiese de nuevo escuchar la voces que respiran hasta en los objetos ya sin vida o que nunca la tuvieron, y los silbidos de noche de luna menguante de estrellas fervientes y de mares dulces, si por un instante menos precavido como lo son los que pasan ahora, tan alertas, pudiera divagar en el compás del silbido a tono con la guitarra y las cucharas que tronaban y se expandían en la noche desnuda como si fuera ella quien entonara este singular y tímido brillo, tendría la capacidad de quitarme esta humedad tan incómoda y superficial, podría despellejar las viciosas remembranzas de un ayer feliz y vislumbrar en mi cara la brisa tibia de aquel barranco en el que me gustaba jugar.

No entendía mi suplica, pensaba que la decía mal que no tenía sentido y no pasaba por esa razón, sabía que si lo hacía mal pecaba, seguro era eso, sería casi desquiciado pedirle a él que bajara por un segundo y arreglara la situación ¡Pero si yo ya estoy abajo! tirado en el suelo escuchando y aprendiendo cada disparo, consumiendo del día a día el cobre oxidado de sus toneles tuertos, que solo suministran a ellos la condenada vida para quitarla  a su gusto; si yo estoy acá abajo tratando de mentirle al cuerpo con sueños y cantos alegres, para no  memorizar el transcurso sucio y nervioso, para no verme arrastrándome y avanzando, tirado,  alternando sus ondas y grabándolas todas, cada zarpazo, cada tronar, cada muerte ¡Que yo ya estoy acá abajo! Acá bajo casi a 2 metros de profundidad, escondiéndome para no ver mas como la luz tan tierna de esos ojos se desaparecía, acá enterrado para no volver a salir nunca jamás de esta pesadilla y dormir siempre, dormir cómodo para no aguantar mas. Si tan solo pudiera volver a ver mis majestuosos paisajes que ahora en llamas y ruinas están, y levantarme del fangoso suelo para poder alzar la vista y respirar el aire puro de mis laderas u trochas sucias, con olor a país perdido entre nieblas y guaduas, ese cálido y delicioso lodo para hacer casitas y muñecas, el que encontraba tirado donde quería, mi riqueza con marcas de botas pantaneras dejadas por mis hijos y por los tuyos, si pudiera volver a ver esa marca sin sentir ganas de llorar y recordar la cara trágica de mi madre que nunca pudo decirme mi nombre, no era por envidia u odio que no lo hacía, ni porque no me quisiera o me ignorara … POR QUE LA SOFOCANTE FUERZA DE LAS EXTREMIDADES TIESAS DEL SUJETO CON BARBA Y CARA DE NO HACERLO NO LA DEJABAN…  no la dejaban respirar , no la dejaban, ni moverse o llorar, no la dejaba sufrir, y yo hay intentando gritar pero mi voz se extinguía y solo escuchaba el musitar desnudo de la boca circular y alargada que lo acompañaba con vestido negro, esbelto y largo, solo oía a esas damas gritar y festejar de una manera abrupta la victoria del volver a bailar entre los matorrales que hoy han perdido su color verdoso y solo brillan esta noche de un rojo ya carmesí. Mis juguetes de palo que tanto cuidada solo eran punto fijo de estallar y resistir, solo eran más que nada en medio del todo, no eran más que caos en medio de esa felicidad mortecina y estrecha que veía pasar por los brillantes ojos de los tipos que asediaban mi alma. Manjar del mejor calibre y vino del dominante cobre, sabor de dioses, sabor a guerra.

-¿Y su mamá como se llama? ¿Puede recordar? ¿O con quien viene? Niña…

Ahora que lo pienso solo puedo dibujar en mi torpe cabeza, la silueta friolenta de mi madre en el suelo manchada de roja tinta, ni su cara ni los besos de la mañana sabor  a maíz y a queso, no recuerdo sus manos labrando la tierra de perfume a rancho, el olor de sus ropas que sabia a leña se ha esfumado de mi saliva y de mi nervio olfativo, su piel árida como la del patio donde me recostada en las mañanas a ver el sol salir por la curvas espumosas del cuadro intervenido diariamente al frente mío, y sus cantos desafinados de tertulias y llantos, no puedo, cada vez lloro mas al intentarlo; no recuerdo ya su rostro; al verla desfigurada por la mordida rabiosa y babienta del perro del gobierno, no pude creer en mi patria de héroes y flores, no pude saborear la valiosa y exquisita oferta de vivir en mi país tan rico…  el más rico siendo pobre; el más valioso, rechazado; el más amado en menosprecio [1]…  No pude recordar en mi privado y torpe cerebro, el nombre de ella, ni el mío. Su nombre empezaba por azucena y terminaba en tumba y lapida de mármol, mi nombre empezaba por llanto y terminaba en olvido, si hubiera podido esa misma noche acariciarle los copos de nieve en su cabeza y beberlos sin miedo, hubiera contenido en mi las letras garabateadas que hacía en los cuadernito  de paja, los que guardaba en la alacena al escribir una y otra vez para no dejarlos sueltos en las sombras, si hubiera tenido la oportunidad de ver la nieve besando mis labios ver sus ojos arrugados; quizá podría tener en un momento todo claro y volver a consentir su ya empolvados cabellos y evocar las historias tan cómicas y aterradoras que contaba al trenzar mi pelo, nunca aprendí a hacer trenzas ella quedo de enseñarme, pero sus manos no decían nada ni con fuerza ni con ganas pronunciaban sus dedos nada, como todo a partir de ese entonces me fue puesto en bandeja de mierda. Deje de preguntar ya me saco la piedra.

-¿Y entonces niña? ¿Dígame que hago si usted no dice nada? … Oiga al menos mireme ¿Tiene frío, quiere un tinto?

El olor del tacto tibio que se escurría entre mis dedos, como la arena roja que salía de mi madre, esa arena que atraganto mi delgado cuello y no me deja hablar, porque las venas se hinchan al sentir de cerca el tibio taco del olor a café dulce en la mañanas antes de ir a la escuela, y los vidrios que quedan de la porcelanas finas se adhieren a la carne y no solo rasgan mi voz, mi alma se estremece toda y veo llover en mi interior, llover balas de algodón  que impactan contra mis pulmones y no me dejan tomar café, no me dejan saborear ni mierda, porque el sabor se me fue con la legua de los zapatos que esos malnacidos me quemaron, pa ellos quitarse el frío. Sabe ¡No tengo frío!  No me dé a beber los restos del suelo de mi madre, no me fuerce a tomar el color de su pelo. 

-¡ NO gracias ¡ No me apetece el sabor a sangre.









·         [1] “…la más rica siendo pobre; la más valiosa, rechazada; la más amada en menosprecio…” EL rey Lear, Shakespeare, pág. 11, 1994 Panamericana Editorial.



xEcx

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