¡Querida!
Vacilando, entre el invernal frío del infierno triste de las calles se desliza cual gota entre las grietas difuminadas del ladrillo, tan seguro y espeso; que engarzado en esas hojas marchitas queda ¡Derramadas con que lujuria sobre las sombras del ocaso! Atado a ese pegajoso vació del adoquín -ingratas sombras- llorando de viejo y de mal cuidado, que desempolva ese sonido que cesa en cualquier lugar apartado y frívolo, que se esconde y descompone tan apenado y bienaventurado, como si fuese el eco del tacón de algún visitante del pecado.
A lo lejos divisaba la luz brillante de su terciopelo, arruinado entre distantes encuentros con la frialdad de las noches perfumadas de deseos; besando con su desbordante tacto a un puro ronco y viejo, apagado mil veces y prendido solo una. Desdichada alma desolada y melancólica que concilia su dolor en tristes intentos de amar. Luces insípidas atraviesan su cuerpo generando en la pared tatuada con recuerdos moribundos, la sombra de una niña tocada por la mano del placer de ser infeliz, en su mundo distante y gélido, impenetrable, a las más de mil legiones lívidas que le acompañan noche y día. Distraída en lo más alto de su epifanía veía los sueños rancios que velaban su partida, y al recorrer su rostro cansado, quedaban lagrimas calcinadas y secas, por sus cientos de masacraras oscurecidas en el trémulo andar de sus botines.
…Más no obstante, no es la única sombra que disimula el no ser vista por aquel callejón…
No pretendía siquiera, acercarme aquel mundo de quimeras viejas, pensaba aquella sombra cansada por la lunas pasadas, harto y disperso de la realidad que lo acechaba en su andar; mas una sombra intimidante, de un ángel vuelto en llamas le llamo la atención, un ángel con alas artificiales, que pretendía bajar más nunca subir. Deleitado por la fogosidad desprendida del brillo nocturno, opaco y disperso de su atuendo, entumeció en deseo y lamento en esa húmeda noche de lluvia gris, el no tener a sus demonios sueltos bajo el reflejo del alma perdida en aquel charco que emanaba delicias. Examinaba minuciosamente el aroma excitado del aire que dejaba a su paso, tentándole cada vez más a deleitarse de la tierra prohibida y mortecina, que se escondía bajo aquel pelaje brillante y lucido, disfrazado con maquillaje de soledad y rodeado de los reflejos noctámbulos y poseídos de la imágenes inmaculadas y petrificadas de la ciudad del pecado. La distancia escondida, otorgada en sus visitas diarias a aquel sitio, lo colmaba de sinsabores, por saber que nunca vería a aquel rostro de frente, se ensimismaba de resentimiento y pasión al ver su fracaso de intentos nulos.
La muerte abundante sangre en su cuerpo, vació decrepito y un tanto marchito, sustituido por soplos de locura su palpitar desnudo de infragante inocencia, su vida disuelta entre hormigones y fluidos, pretendiendo volar en la felicidad artificial de sus alas pesadas por el lodo del pasado. Una mirada punzante de esa alma atormentada provoco escalofrió en la nuca de aquel, que persuadido por el guiño de ojo, sucumbía paulatinamente en el ataúd de su embrujo.
Ella recorriendo sensual y vanamente el asfalto impregnado de vicios, pretendía silentemente, acercarse a él, que la miraba tan distraído de la vida, con esa aura de desdicha que tan solo ella conocía; más el miedo de la tortuosa vuelta en llama que expedía sus manos cansadas, se apoderaba de su corroído y hueco corazón. El vació que sentía en su alma, le hacía retorcer el vientre manchado por la partida de un dios, que en vuelos efímeros pretendió burlar a la muerte que nacía de la mano de aquel ser. Sus miradas rozaban sin permiso el rostro de cada uno, como si fuera un delito verse de frente, como si fuera una virtud en aquella ciudad. Sorprendida por aquellos ojos que la veía con tanta delicia se alejo vulgarmente con saltos mezquinos, que la escondieron bajo el velo de la noche, disimulando el brillo de su alma rota.
Desolado al ver la brusca ida de aquel angelical ser, murmuro al aire desdichado diciendo que el capricho de su espectro había renacido al ver las doliente fauces de aquella niña casada con la desdicha, y marcho por los campos invadidos de flores coloridas, de perfumes y cabelleras exóticas, recordando él como devolver la compostura a su cuerpo después de aquel encuentro. Las noches venideras eran tan insípidas como los tragos que bebía, pasaban tan lentas y minuciosas, que el anhelo de volver a los senderos de almas rotas lo enfurecía, le acordaba. Suplicaba en cantos mudos, a luna ciega que por primera y última vez cumpliera sus ambiciones desgarradas, paseando entre siluetas y luces desbordadas de colores, queriendo ir al hormigón errante donde danzaba aquella dama.
Sin ganas de aguantarse las voces que retumban en su cabeza, decidió andar en temblosos pasos a la escena del pecado, encontrándose de nuevo en distantes ecos con su voz cansada y dolida; intercambiaban miradas estas dos sombras que tristes paseaban desde aquella noche de su primera vista, en ese callejón desolado que muy pocos andan. Su brillante terciopelo rojo y purpura, realzaba su cálida y simpática mascara arruinada por martillazos silentes del olvido, y aquellas dos estrellas fundidas en el blanco abismo de su auge verde, no eran más, que simples destellos de la vida inerte. <<Fugases encuentros con la muerte<<musitaba al verla>> formaron el carácter que en embalsamados recuerdos hoy se disuelve ¿Acaso no hay forma o medicina que borre las heridas, aquellas que cubren y forjan la escondida piel virgen y frágil?>> Pero no; las marcas voraces, teñidas de olvido en aquella membrana suave color blanca perla, eran los quebrantados besos, que marchitaban en cada palpitar de desespero, quien alimentaba a los monstros que escondidos en ella deambulaban sin sentido, llevando a lo mas intimo de sus alas, la sangre que regurgita como lava hambrienta de su corazón.
Suspiraba y
entonces vomitaba ilusiones descompuestas al ver que cada noche se alejaba
ella. Pronunciaba mil conjuros paganos para que aquella alma al verle no
hullera, y la esperanza de tocar aquel infierno se alejaba mas y mas con cada
convulsión del aire emanado por sus vibrantes pelos. Nunca pensó entrar en
aquel callejón de paredes turbias, mas la sombra de aquel vaivén purpura lo
incito a lanzarse una vez más aquel vació lúgubre y colorido, rozando por vez
primera con su suave y tupido pelo rojo, aquella noche de luna encandelillada.
Las ansias de volar con sus alas le excitaban la mente corroída y ferviente, de tocar por una vez su cielo, y acordarse de las noches de temblorosos besos inocentes, parecidos a caricias tenues de una brisa de abril, pero sus alas oxidadas por una fe que carecía de presagios nunca nombrados, le retuvo en un limbo de ella y el. Trastocando cada caricia y palpitar que emanaba de su fragante abrigo, fabricado por residuos de un amor odiado y venerado que desquicia, a la sombra de la niña que encerrada en ella esta. Al ver la inquietud del alma suprimida por los encantos de su belleza, decidió bailar un tenue y lento paso, con aquella sombra que la invitaba a danzar bajo los ojos del cielo, los que alumbraban tan fuerte como luces ardientes de paisajes celestes; y sin pensar en las consecuencias de volver a caminos recorridos, perdidos en malezas descomunales arraigados a zarzas brutales y ponzoñosas, le arrebatado esta alma de color carmesí, a la sombra vieja y cansada un trozo de aire de su boca envuelto en su labial rojo puta.
La arrebatada sombra que vieja y ofuscada estaba, respondió con deseo impensable de creer que la lucidez de aquellos paseos nocturnos daría fruto. Desdichado por la felicidad que otorgaba esta alma respondió a su atrevimiento, con otro igual. Picando en lo más hondo de su abismo un ser que nunca se había visto, con una ternura frenética que percibía sus ojos ya vueltos en sus llamas, de aquella niña. Perturbado por ver de frente a las mil caras de la desdichas vueltas una, que con tristeza andaba, ocultándose a las luz del día, la cual asechaba a su intrigada piel y que con su ternura en la cartera guardada andaba, dispuesta encontrar la forma de hundir para luego sentir de nuevo el pulsante viento de los elevados vientos fabricados por sus desdichas. -¡Prometo a los astros hacerla brotar de su cara claveles blancos!
Encontrándose de nuevo cara a cara, entre neblinas espesas de silencio y lujuria, desmentían mitos flotantes de entrometidos atediantes, surgidos por tactos pasados, delincuentes de partes de almas; se desgarraban trozo a trozo mientras las manchadas estelas de siluetas húmedas, se permeaba en la alfombra llena de manchas de licores ya bebidos, besando las costuras rellenadas con pactos no cumplidos. Desnudando cada parte en la intimidad de su cielo que brillaba con colores que nunca tubo, pasión y desmesura expulsaba vibrantes palpitares de sus ondas rojas, atravesadas sin culpa alguna por la distante y cálida alma, que entre sus túneles inconclusos de un cuerpo florecido por el otoño deambulaba. Manoseando los presagios morbosos del tiempo y calmando a la envenenada alma de aquella que con la desdicha siempre andaba, logro sacar las sonrisas que emanaban de su carmesí cintura y vulgar mirada; que hacían sentir a aquel sombra, los desperdicios de amores pasados los cuales acumulaba como baratijas en aquel estante del olvido.
Durmiendo en aquellas nuevas praderas suaves y frágiles del amor inocente y engañoso, supo calmar la voraz y estúpida manía de oler su perfume en otro cuerpo, mientras que aquella niña sumida en su piel agitada, voló de nuevo por algún instante con sus alas blancas en aquel cielo purpura de su cuarto, que rodeada de una brillante y bella gloria, soltó de lo más alto el gemido de la lluvia y la tristeza, que confundió la velada de aquellos dos seres. La descomposición de la muerte en su alma, causaba de manera atroz la culminación del amor efímero del aire que brotaba de la respingada nariz de aquella que admitía ser mujer. La intranquilidad que volaba en la confusa estela de sobras, hizo dormir a aquellos dos amantes, que maldecían al amor con insípidos gritos de melancolía.
Ningún sentimiento o balbuceo, impedía que aquellas dos sombras se encontraran a menudo en nublados lugares y confesaran con que sinceridad los pesares que agobiaban el matiz lucido de los días soleados, volviendo una y otra vez a recrear momentos de amores fugaces que alimentaban el ego de la soledad de estos dos seres; suplicando de manera ilógica al tiempo para que no transcurriera y tan solo quedara paralizado por algunos instantes, para que su estadía en la ausencia de mascaras pudiera ser más larga. La sinceridad que brotaba como lirios untados de una espesa y pegajosa masa, hacían violentar los sentidos estremecidos y sensibles de los pares de ojos rojos y hundidos, que se miraban sin gracia y que contemplaban sus cuerpos desnudos, vueltos en llamas.
Más aun, la descomposición del ambiente que transcurrían a diario provoco en la dormida conciencia de aquellos dos seres, a colisión de las entrevestidas manos que solicitaban a los dioses la partida del pasado al olvido; pero recordando la petrificada y bombeante cicatriz, repulsados, salieron aquellas dos almas de sus cuerpos invadidos por incoloros seres. Suprimiendo cada sentir en lo más profundo de su precipicio, encerrando en calaveras descomunales los ramos de inciensos, que la brisa les regalaba a cada instante, alejando de manera brutal e insólita como de costumbre hacían, los regañados dientes que sus labios escondían.
Mintiéndole a la calumnia para evitar el juicio donde bailan claveles, el miedo fortuito se apoderaba de sus nervios que engañados por tercios de tiempo tornaban y escurrían con brutos y lentos, caudales de agua fría, la pena de sentir rechazo y odio, por la vuelta lenta del maldito orgullo; sin dientes sin prisa. Se alejaba tan lento y sencillo como un gran escurridizo, que devolvía la cuenta de presencias ausentes, de besos dolidos, de frescos abrigos. Recuerdos perdidos en pasares de autos, robados sin dicha a la brutal ladilla del asfalto, que como tantos presenciaron la verdad fortuita de amores vanos, tan ciegos y simples, tan largos y firmes; colmados de riegos pintados sin tinta, que tan fácil y descolorida, dibuja los pasos de sus caída. Desconfiaba perdidamente del regreso de aquel espectro, que tan sencillo destruía las inquebrantables paredes de su árido terreno, que no dejaba nacer ni la raíz más fina de un legible efecto. No comprendía como aquella alma tan bella, decidió esconderse en querellas injustas devolviendo todo, al ocaso perdido de las noches torpes; reprimiendo sin sentido los sentires marcados en su semblante descascarado y simple, que por vez primera dejaba percibir el rostro apacible de su dulce vida, no comprendía como esa penosa niña divulgaba majares de su cuerpo cansado, no comprendía el temor de ser amado.
Perdido y sin aliento, aquel de sombras
cambiantes paseo su vista por las callejas sin vida de su ciudad del pecado,
gritando a esbozos corruptos la partida sin aviso de su ángel estropeado, que
vuelta demonio volvió a rincones ocultos, que vuelta mentira, se sumió en la
inconsciente despedida de un amor
verdadero, que incitaba a ella suspiros aromatizados por capullos de rosas,
pero que cosa, la vida nunca le agrado con aquellos olores; decidió como
siempre volver a sus fétidos y punzantes perfumes de aquel abrigo, que con
desmesura prolongada llevaba a este impío ser a las praderas muertas de
pasiones lejanas, que enfermas destilaban de sus cuerpos la verdad que los
agobiaba e intentar parar la lluvia mirando al cielo con los ojos empañados de
la tenue pena, solo para poder vacilar las monturas del medio día, y correr
hacia allá, donde nadie te hace daño.
xEcx
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