domingo, 3 de mayo de 2015

Destellos Olvidados

Aquellas tardes, sucintas y sonrojadas por un sol que muere, lentas en su andar. Le revelan con sus oscuros colores, todo lo quiere, un arco iris a blanco y negro, y el infernal estruendo que hace sucumbir su ensueño, una y otra y otra y otra vez. Vivido demonio con tres pequeñas espinas que drenan sin  tregua alguna la vida del tiempo.  Silenciosas y únicas, le parecían a ella estas tardes-aun no recuerdo su nombre, o tal vez si, se encuentra divagando en mi mente- estaba más que convencida, sabía que esta sería la tarde, que desde antaño esperaba, sabría que era y seria maravillosa. Mas el auge del día irradiaba temores de un ocaso abrumador.
El cielo teñido de un raro amarillo -un poco ámbar- y el aire pesado y frívolo alucinaba con colores y destellos nunca antes vistos, y aquel sendero se veía más hermoso como nunca antes se vio, era casi como un pasaje a otro mundo. Ella se adentraba poco a poco, como una pequeña luciérnaga a una inmensa luz fosforescente y destellante, casi atrapada, percibía que desde de sus adentros  procedía un olor tan cruel, como falto de vida un olor frío. La curiosidad le fue más grande, era casi tan empalagoso el sentimiento que tenía que hasta asco le daba, mas aun así partió. Sin miedo, aquella paulatina imagen de esa tierna niña atravesó sin pensar ni querer hacerlo, tan solo contemplaba la belleza que la rodeaba, casi atónita, un poco estúpida un tanto ida, la tranquilidad que dejaba la brisa que moldeaba el tiro de su vestido y las suaves fragancias de las flores que adornaban aquel sendero, eran suficientes para hacer que su dulce y aun cálida alma se distrajera y se apartara de la arena suave por la que caminaba. Sin más que desear inicio aquel viaje por el olvido, por la infortuna y por su suerte. Acumulando cualquier clase de ilusiones pensó que volaba como una gaviota inerte hacia aquel destino marcado en sus ojos de blanca estela, se adentro en ese mar del que savia nunca volvería.
Ella se contentaba no con mucho, era alguien de tipo sencillo, su afición era la leche con galletas, le encantaba la poesía, le gustaba estar sola y disfrutaba oír el silencio. Cualquier tipo de aroma la perturbaba, y fue eso mismo  quien acabo con ella. No la culpo, en su inocencia, aún no sabía como olía la muerte.   
Incluso el ser menos despreciable paga sus deudas y el pecado que incrimina la sangre, destruye la felicidad artificial que crea la vida. El sueño de ser lo que  quiso, aspirar el aire- mi aire- y asfixiarlo todo. El daño que se causa no se borra, se extingue tal vez por algún tiempo, mas marcado queda en el alma, y sin saberlo el silencio que no se espera llega, y la soledad aturde tus sentidos y succiona todo lo que podría haber, volviendo tu cuerpo nada más que un cascaron vació y menospreciado, olor nauseabundo. Pasado el tiempo, pasa el dolor que no se olvida, el dolor que se causa en el momento de querer ser solo uno -egoísmo-  y el valor huye y se disuelve todo, la tristeza congelada en la órbita de los ojos hinchados, es toda, tu única compañía. Llega el día en que la estancada sangre de aquel cuerpo morado, fluye y late de nuevo el corazón, pero sin una causa vuelve  a la vida, una vida inútil sin sentido, una vida desperdiciada.
Nunca supo valorar las cosas venideras, ni las que lo rodeaban, siempre tan violento y refunfuñando las palabras que llegaban como balas a perforar su alma, sin remordimientos,  ya sin encanto. Ni los placeres más malditos, ni los vinos más fuertes y embriagantes, daban a basto para saciar su cruda alma. El, de manos tocas y brutales, murmuraba a su mente lo que haría, deseaba aquel capullo con tanta vida, tocar carne virgen con la suave mano del olvido, perfuma los colores que se extinguen y dejan tan solo a su paso remordimientos y una rara manía de ver sangre. No lo culpo, por su cegada pasión toco fondo.
Reclinado en un ostentoso agujero sus manos destilan miedo, sus ojos empañados por la creciente luz del día muestran a su paso los horrores que aun aguardan. Quizá un poco desconcertado, reitera –para mí- variadas veces que lo que ve no es más que un estúpido reflejo de la monotonía, y que sabe que aunque no es mentira, desdibuja la sonrisa enmascarada con lodo. Solo para que la hipocresía haga su trabajo. En frascos embalsamados se guarda su esencia, miles de ellas, y cada una igual de perversa. La similitud es tan grande que la diferencia es inmensa.  
Pensaba que la plenitud de sentir tan aniquilante vació no es más que un simple capricho de contentar al estrecho sentido de vida, que ahogado entre lúgubres y congelados bosques, desaparece hasta el último suspiro emanado. Aquel sendero, tan lúcido y fragante, tan libido y pasional, tan trágico y mudo no era más que un angostó y ya desgastado pasillo, que de tanto ser andado ha aprendido a dialogarle al silencio, y a cualquiera, que se le ocurra atravesarlo, ella sin suerte, ella con ganas.
Tentada, paso sin mirar a fondo lo que le aguardaba, lo que se divisaba en la húmeda estela amarillenta casi roja que emerge del suelo, no era más que un lugar calcinado, en el cual flotaban burbujas de color opaco que han perdido su alma-como ella- y su característica translucida y colorida, por completo manchada estaba, por seres que como él, han marchado en aquel oscuro presagio. Atónita por la escena y por sus desterrados pensamiento que lucidos y templados quedaban atrás en el silencio, se encontró con lo que quizá siempre busco. Después de todo fue una tarde peculiar, se desligo de aquel pecado que la angustiaba, se lo quito de encima, quizá era la tarde que ella buscaba. Confundida y un tanto aterrada, trataba de volver a sentirse gaviota y dejarse llevar, sin sentir ni amar. Pero el dolor y la rabia eran más grandes en ese instante, y el olor a sangre que tanto aborrecía se convertía ahora en su nuevo perfume. Frágil y ya sin fuerzas, divagaba entre la borrachera del placer inaudito y el dolor pujante. Después de todo, se volvió gaviota, una gaviota color carmesí.
Sin más que discutir con el miedo, la inmundicia corrió igual que la sangre, y la vida trastabillada por un acto tan banal y sucio se camuflo en el opaco atardecer. En atardecer que ella tanto anhelaba. Y ya salida la luna que se admiraba en sus ojos ya sin vida, hinchados por el llanto de placer y dolor, acudían con tantas ganas a que el infierno volviera bajo tierra, para que mas almas, como aquella que profanada se unió a la ceniza, no mancharan mas la flores de aquel sendero. Pero ya eran flores sin luz sin esencia, una por  cada alma caída.

La silueta de ese hombre fornido y un poco jorobado, se fue alejando del cuerpo que yacía en aquel agujero, merodeando entre sus adentro pensado que sería la última, pero la maldición que se enredaban entre las hierba rojas sabían que en aquel sendero las burbujas siempre serán opacas. 

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