Aquellas tardes,
sucintas y sonrojadas por un sol que muere, lentas en su andar. Le revelan con sus
oscuros colores, todo lo quiere, un arco iris a blanco y negro, y el infernal
estruendo que hace sucumbir su ensueño, una y otra y otra y otra vez. Vivido
demonio con tres pequeñas espinas que drenan sin tregua alguna la vida del tiempo. Silenciosas y únicas, le parecían a ella estas
tardes-aun no recuerdo su nombre, o tal vez si, se encuentra divagando en mi mente-
estaba más que convencida, sabía que esta sería la tarde, que desde antaño
esperaba, sabría que era y seria maravillosa. Mas el auge del día irradiaba
temores de un ocaso abrumador.
El cielo teñido
de un raro amarillo -un poco ámbar- y el aire pesado y frívolo alucinaba con
colores y destellos nunca antes vistos, y aquel sendero se veía más hermoso
como nunca antes se vio, era casi como un pasaje a otro mundo. Ella se
adentraba poco a poco, como una pequeña luciérnaga a una inmensa luz
fosforescente y destellante, casi atrapada, percibía que desde de sus
adentros procedía un olor tan cruel,
como falto de vida un olor frío. La curiosidad le fue más grande, era casi tan
empalagoso el sentimiento que tenía que hasta asco le daba, mas aun así partió.
Sin miedo, aquella paulatina imagen de esa tierna niña atravesó sin pensar ni
querer hacerlo, tan solo contemplaba la belleza que la rodeaba, casi atónita,
un poco estúpida un tanto ida, la tranquilidad que dejaba la brisa que moldeaba
el tiro de su vestido y las suaves fragancias de las flores que adornaban aquel
sendero, eran suficientes para hacer que su dulce y aun cálida alma se
distrajera y se apartara de la arena suave por la que caminaba. Sin más que
desear inicio aquel viaje por el olvido, por la infortuna y por su suerte.
Acumulando cualquier clase de ilusiones pensó que volaba como una gaviota
inerte hacia aquel destino marcado en sus ojos de blanca estela, se adentro en
ese mar del que savia nunca volvería.
Ella se
contentaba no con mucho, era alguien de tipo sencillo, su afición era la leche
con galletas, le encantaba la poesía, le gustaba estar sola y disfrutaba oír el
silencio. Cualquier tipo de aroma la perturbaba, y fue eso mismo quien acabo con ella. No la culpo, en su
inocencia, aún no sabía como olía la muerte.
Incluso el ser
menos despreciable paga sus deudas y el pecado que incrimina la sangre,
destruye la felicidad artificial que crea la vida. El sueño de ser lo que quiso, aspirar el aire- mi aire- y asfixiarlo
todo. El daño que se causa no se borra, se extingue tal vez por algún tiempo,
mas marcado queda en el alma, y sin saberlo el silencio que no se espera llega,
y la soledad aturde tus sentidos y succiona todo lo que podría haber, volviendo
tu cuerpo nada más que un cascaron vació y menospreciado, olor nauseabundo.
Pasado el tiempo, pasa el dolor que no se olvida, el dolor que se causa en el
momento de querer ser solo uno -egoísmo-
y el valor huye y se disuelve todo, la tristeza congelada en la órbita
de los ojos hinchados, es toda, tu única compañía. Llega el día en que la
estancada sangre de aquel cuerpo morado, fluye y late de nuevo el corazón, pero
sin una causa vuelve a la vida, una vida
inútil sin sentido, una vida desperdiciada.
Nunca supo
valorar las cosas venideras, ni las que lo rodeaban, siempre tan violento y
refunfuñando las palabras que llegaban como balas a perforar su alma, sin
remordimientos, ya sin encanto. Ni los
placeres más malditos, ni los vinos más fuertes y embriagantes, daban a basto
para saciar su cruda alma. El, de manos tocas y brutales, murmuraba a su mente
lo que haría, deseaba aquel capullo con tanta vida, tocar carne virgen con la
suave mano del olvido, perfuma los colores que se extinguen y dejan tan solo a
su paso remordimientos y una rara manía de ver sangre. No lo culpo, por su
cegada pasión toco fondo.
Reclinado en un
ostentoso agujero sus manos destilan miedo, sus ojos empañados por la creciente
luz del día muestran a su paso los horrores que aun aguardan. Quizá un poco
desconcertado, reitera –para mí- variadas veces que lo que ve no es más que un
estúpido reflejo de la monotonía, y que sabe que aunque no es mentira,
desdibuja la sonrisa enmascarada con lodo. Solo para que la hipocresía haga su
trabajo. En frascos embalsamados se guarda su esencia, miles de ellas, y cada
una igual de perversa. La similitud es tan grande que la diferencia es inmensa.
Pensaba que la
plenitud de sentir tan aniquilante vació no es más que un simple capricho de contentar al estrecho sentido de vida, que ahogado entre lúgubres y congelados bosques,
desaparece hasta el último suspiro emanado. Aquel sendero, tan lúcido y
fragante, tan libido y pasional, tan trágico y mudo no era más que un angostó y
ya desgastado pasillo, que de tanto ser andado ha aprendido a dialogarle al
silencio, y a cualquiera, que se le ocurra atravesarlo, ella sin suerte, ella
con ganas.
Tentada, paso
sin mirar a fondo lo que le aguardaba, lo que se divisaba en la húmeda estela
amarillenta casi roja que emerge del suelo, no era más que un lugar calcinado,
en el cual flotaban burbujas de color opaco que han perdido su alma-como ella-
y su característica translucida y colorida, por completo manchada estaba, por
seres que como él, han marchado en aquel oscuro presagio. Atónita por la escena
y por sus desterrados pensamiento que lucidos y templados quedaban atrás en el
silencio, se encontró con lo que quizá siempre busco. Después de todo fue una
tarde peculiar, se desligo de aquel pecado que la angustiaba, se lo quito de
encima, quizá era la tarde que ella buscaba. Confundida y un tanto aterrada,
trataba de volver a sentirse gaviota y dejarse llevar, sin sentir ni amar. Pero
el dolor y la rabia eran más grandes en ese instante, y el olor a sangre que
tanto aborrecía se convertía ahora en su nuevo perfume. Frágil y ya sin
fuerzas, divagaba entre la borrachera del placer inaudito y el dolor pujante.
Después de todo, se volvió gaviota, una gaviota color carmesí.
Sin más que
discutir con el miedo, la inmundicia corrió igual que la sangre, y la vida
trastabillada por un acto tan banal y sucio se camuflo en el opaco atardecer.
En atardecer que ella tanto anhelaba. Y ya salida la luna que se admiraba en
sus ojos ya sin vida, hinchados por el llanto de placer y dolor, acudían con
tantas ganas a que el infierno volviera bajo tierra, para que mas almas, como
aquella que profanada se unió a la ceniza, no mancharan mas la flores de aquel
sendero. Pero ya eran flores sin luz sin esencia, una por cada alma caída.
La silueta de
ese hombre fornido y un poco jorobado, se fue alejando del cuerpo que yacía en
aquel agujero, merodeando entre sus adentro pensado que sería la última, pero
la maldición que se enredaban entre las hierba rojas sabían que en aquel
sendero las burbujas siempre serán opacas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario