Descomponme.
Una
parte de mí se conforma
por
la inmunda y vulgar melancolía,
la
otra quizá, por un ser estúpido e ingenuo,
un
gran albatros, un soñador o un cuerdo.
Aquel que anda solo.
Todos
se apartan un día,
se
fastidian de la inmundicia que pulula
en mi
carne fría, los agobio y destruyo,
luego huyo.
No me
interesa la tolerancia de nadie,
pues
en un instante, todo sucumbe, y la babaza
que
conforma mi cuerpo se hunde,
en aquel lodo pútrido de la
incertidumbre.
Mañana
quizá maquille un poco mi rostro y así,
los
parásitos de mis ojos,
se
verán pintorescos y menos paliados.
Sería mejor así. Solo.
Al
que se atreve a enfrentarme
y
lidiar conmigo, termina aburrido,
fastidiado
y apartado de la vida.
La vida que les robo.
¡Debería tal vez hacer mi acto
final!
Caminar
mar adentro y
descomponerme
con la sal,
que
se evapore mi
carne húmeda y frívola.
Ver
caer trozo a trozo mi alma,
desenredar
las costuras,
y
dejar la fragmentada estela
disolverse entre telas de
oscuros colores.
Así
mi silueta perfumada por la muerte
desaparecería
de la
ausencia,
corroída e inerte.
Descomponme.
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